TRIBUNAS SIN PUEBLO: GUSTAVO CAMPANA

Argentina ’78 fue el resultado de 4 décadas cocinadas a fuego lento (1938-1978), coronadas por 2 años de decisiones rápidas y furiosas, tomadas por una banda de asesinos que mató en nombre del poder real. Golpistas de uniforme y de civil, que imaginaron a la Copa como un escenario ideal para intentar lavar culpas y reinventarse.

Antes del 1 de junio del ’78, vivimos 40 años en los que se mixturaron una sucesión interminable de errores, centenares de promesas incumplidas a Cenicienta y compromisos suicidas asumidos ante el establishment del fútbol. Pero en la definición del formato final del proyecto político-deportivo, ya con la sede en el bolsillo desde México ’70, se desató a nivel continental una feroz pelea por la matriz de la distribución de riqueza. Apareció en escena el neoliberalismo y Washington ordenó derechizar los sueños que desde la década del ’60, estaban queriendo entrar al palacio.

Al nuevo formato de lo viejo, al envase reciclado de la derecha tradicional, otra vez la democracia le quedaba demasiado incómoda y entonces se pensó en una inédita multiplicación de dictaduras, para arrasar con la última creación imperial: el estado de bienestar. Desde fines de la década del ’40, las potencias de occidente anestesiaron a las masas, convirtiendo al capitalismo en proveedor de todo lo necesario para sobrevivir. Un antídoto muy efectivo, para que millones de seres humanos no cruzaran la delgada línea roja, ni pensaran a la izquierda o a algo parecido, como posible tabla de salvación.

A principios de los años ’70, en el mundo sobreviviente de la Segunda Guerra, reinó el duelo a muerte entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Mientras tanto, Washington solo ofreció para América latina represión y control social. Con el Plan Marshall al revés, las potencias occidentales aumentaron la ganancia, pero invirtiendo menos. La transferencia de recursos de las colonias a la Metrópoli, se realizó a través de deuda externa y el modelo de producción nacional, fue reemplazado por la renta financiera.

25 de junio de 1978. La final está 1-1 y ya se juegan 11 segundos adicionales a los 90 minutos reglamentarios. Un tiro libre en campo holandés, genera el último pelotazo. Todo indica que nada, ni nadie podrá torcer el futuro inmediato del partido y que los dos equipos irán inexorablemente al suplementario. Pero de pronto, Rensenbrink le ganó la posición a la duda de Olguín, la pelota picó sin dueño y el delantero remató sobre la salida de Fillol. La ilusión holandesa pegó en el palo derecho del arco argentino y el Tolo Gallego en la puerta del área chica, la reventó a las nubes. 45’16” del segundo tiempo.

Si aquel remate del holandés terminaba en gol, la trama que las Fuerzas Armadas fueron tejiendo a lo largo de los últimos 15 meses para que todo saliera “perfecto”, hubiera estallado en mil pedazos. El fútbol (indomable, dramático, imprevisible y por momentos, revolucionario y hasta democrático) estuvo a un par de centímetros de gambetear el plan de la dictadura y cambiar el rumbo de esta historia negra. Si la Tango no hubiera rebotado en el vertical derecho del Pato, la foto de Videla entregando la Copa estaría manchada por camisetas naranjas, la cámara de Ricardo Alfieri se habría quedado sin el “abrazo del alma” y la imagen de la Junta Militar gritando el tercero de Bertoni a Jongbloed, no existiría…

El Mundial argentino cambió definitivamente de dueños, el 24 marzo del ‘76 y el fútbol se convirtió en la excusa perfecta para jurar que el país ficcional era real y que la palabra oficial, era la única verdad. Las corporaciones de prensa institucionalizaron el negacionismo y por los medios solo se repetía el discurso único. La verdad no estaba en los diarios, ni en la tele o en la radio, por lo tanto tampoco estaba en la calle.

Nadie podía denunciar la existencia de dictadores, desparecidos, centros clandestinos, tortura, ejecuciones, fosas comunes, vuelos de la muerte, robo de bebés… No había permiso para avisar sobre el quebranto del país, ante una sociedad alimentada a importados, “patria financiera”, “plata dulce” y deuda externa.

 

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